Japón, realidad o ficción

Una toma de conciencia con la realidad a través de la televisión.

Cuesta en ocasiones un gran esfuerzo poder asimilar la cantidad de imágenes que nos llegan desde Japón. El pasado día 11 de Marzo los que nos levantamos con el recuerdo y la idea de conmemorar a las víctimas del macabro atentado ocurrido en nuestro país, nunca pensamos que un número, que comienza a ser maldito, quedaría grabado de nuevo en nuestra memoria.

Coincidiendo en la fecha asistíamos a la rebelión de la naturaleza, a la destrucción de un pueblo y nos dábamos cuenta de lo débil que es el hombre frente a ésta.

Era tal la magnitud, la potente manifestación de poder de “la madre” que al ver lo que estaba ocurriendo, imagino que inconscientemente, me alejaba de la realidad. Todo era ficción como en las películas, como en “Más allá de la vida”, obra retirada allí por las imágenes del comienzo del film.

Cuando el mal viene generado por el hombre, lo primero que golpea mi cabeza es el rechazo, la repulsión y el deseo de justicia. No siento lo mismo cuando el malhechor es algo no tangible e incontrolable, algo a quién un policía no puede perseguir. Creo que es en ese momento en el que me alejo de la realidad e imagino que todo es creado por la mano del hombre, unos buenos efectos especiales.

Hemos aprendido a través de la televisión a enfrentarnos al dolor ajeno o a ponernos del lado de un pueblo oprimido y a la necesidad de que estos habitantes dejen de estarlo. Pero en mi opinión todavía no hemos aprendido hacerlo cuando “el malo” es alguien a quien no poder ajusticiar.

A diferencia con el terremoto de Haití, donde la muestra de lágrimas, de dolor de los Haitianos me acercaban más a ese sufrimiento, el pueblo Nipón con su cautela; su serenidad, su agradecimiento y aceptación hace que aún siga pensando en la posibilidad de que no son reales aquellas imágenes que conservo en la memoria.

El que llora es el que sufre o se puede llorar por dentro.

Mucho me temo que sí. No entiendo de otro modo cómo poder enfrentarte a la pérdida total; la de tus seres queridos, de tus bienes y a la devastación de tus orígenes.
Quizá deba aprender la lección, tomar conciencia de que lo ocurrido es verdad. Que puedes estar envuelto en un mar de lágrimas por dentro y de que el aplomo seguro que te llevará a una mejor toma de decisiones.

Nuestra pantalla no dejará de hacernos partícipes en directo de la desgracia y de eso hemos de alegrarnos. Ahora, gracias a la tecnológica y el trabajo de los periodistas asistiremos a la noticia, al derecho a nuestra información en cualquier lugar de nuestro planeta.
Otra cosa es que la calamidad se convierta en un culebrón, en el que se buscan historias y sus subtramas para emocionar al espectador y por consiguiente aumentar la audiencia.

La televisión seguirá mostrándome imágenes que en ocasiones cueste trabajo diferenciar entre la realidad y la ficción, pero imagino que aprenderé. Sabré diferenciarlo.
A pesar de que un pueblo no llore, aún no teniendo un culpable a quien señalar con el dedo y asistiendo impotente, sentado en mi sillón, al arrase de una porción de tierra por parte de la misma, sabré diferenciarlo.
El tiempo y la televisión, harán que madure como televidente.